El matrimonio es una institución natural, ordenada al bien de los hijos y de los propios cónyuges. Cuando una pareja se compromete en matrimonio, está afirmando que luchará por permanecer unida en el amor hasta la muerte. Si no hay compromiso, tampoco hay entrega total, y al no existir ésta, la relación se hace frágil, endeble, con pronóstico seguro de ruptura. Una mujer y un hombre que viven en unión libre, tienen miedo de donarse al otro porque no sabe, la una o el otro, hasta cuándo contará con él (ella) a su lado.
Los jóvenes de hoy creen que el amor es algo que “cae del cielo”, que es un sentimiento que une a dos mientras están felices. Pero esta concepción es totalmente errada. Pensar que después morirá el amor, es como suponer que en el matrimonio va a irnos bien o mal dependiendo de circunstancias externas a nosotros. Todo lo contrario: la felicidad conyugal depende del cuidado, la ternura, la exigencia personal de luchar cada día por el ser que se eligió para compartir la vida.
Tal vez algunos jóvenes tienen miedo al compromiso por estas razones:
- Errado concepto de lo que es el amor: amor como sentimiento y no como decisión.
- Mal ejemplo de los propios padres: ellos no supieron arreglar sus diferencias sin lastimarse.
- Sociedad que facilita las relaciones sin compromiso: leyes de divorcio exprés, entre otras.
- Ambiente anti-matrimonio en los Medios: las relaciones interesantes y apasionantes se muestran, habitualmente, fuera del matrimonio.
- Egoísmo: buscar a otro para que me haga feliz y no para hacerle feliz.
Hoy se hace necesario acudir a escuelas de novios y retomar el verdadero paradigma del amor conyugal: “No me caso para que me hagas feliz, para que seas testigo de mi vida, para que seas siempre sana, bonita y perfecta, para que estés siempre optimista y galán, para que me mantengas… Me caso para vivir nuestra vida juntos, para hacer familia, para realizarnos en la misión de mejorar este mundo, con hijos formados en valores y útiles a su sociedad”.
Me conmueve la historia de aquella mujer que nos contaba: “Cumplo 25 años de casada. Recuerdo vivamente una frase que nos dirigimos mi esposo y yo, unos segundos antes de entrar al altar: ‘Contigo, lo que venga’. Después recibimos el Sacramento en la ceremonia nupcial, enseguida la fiesta y la luna de miel. Antes de cumplir 24 horas de casada, tuvimos un accidente. Mi esposo quedó parapléjico. Lo que me sostuvo de pie en el momento en que recibí la noticia era recordar el amor que me unió a él, y la frase ya troquelada en mi corazón: ‘Contigo, lo que venga’.
Todos los planes cambiaron. No viajes, no hijos, no negocios… nada de lo que soñamos alguna vez iba a suceder entre nosotros. Pero este rumbo que tomó nuestra unión ha sido fuente de bendiciones. Amo a mi esposo y lo amaré siempre. He dedicado mi vida a su cuidado. La única razón para que yo no le dejara, ¡es que lo amo en verdad!”
Lupita Venegas





