Hermanos, hoy quiero compartir con ustedes una actitud que transforma la vida y renueva el corazón: la gratitud. Agradecer no es solo una palabra educada; es una manera cristiana de mirar la realidad. Quien agradece aprende a descubrir a Dios actuando en todo.
En la vida diaria muchas veces caminamos rápido, cargados de preocupaciones, pidiendo más, deseando lo que falta. Y sin darnos cuenta, dejamos pasar lo más importante: los regalos pequeños y grandes que Dios pone en nuestro camino. La gratitud nos hace detenernos, mirar con otros ojos y reconocer que nada de lo esencial lo hemos conseguido solos.
Agradecer nos hace humildes. Nos recuerda que dependemos de Dios, que su amor nos sostiene y que cada paso que damos es gracia. Un corazón agradecido no presume, no exige, no reclama: simplemente reconoce que Dios es bueno y que su misericordia es constante.
Agradecer nos hace libres y felices. Cuando agradecemos, cambia nuestra manera de enfrentar las dificultades. La gratitud no niega los problemas, pero sí nos ayuda a ver que Dios está presente aún en las pruebas, enseñándonos, fortaleciéndonos, preparándonos para algo mejor.
Agradecer nos hace apostólicos. Un dirigente, un cursillista, un cristiano agradecido es más disponible, más generoso, más servicial. Porque quien sabe que ha recibido mucho, desea dar mucho. En los equipos, en la comunidad y en la familia, la gratitud crea unidad. Desaparecen las quejas, disminuyen los juicios y crece la comprensión.
Jesús mismo nos enseñó esta actitud. Antes de multiplicar los panes, dio gracias. Antes de resucitar a Lázaro, dio gracias. En la Última Cena, antes de entregarse totalmente por nosotros, dio gracias. Su vida fue una acción continua de gratitud al Padre. Y si el Maestro agradece, ¿cómo no vamos a hacerlo nosotros?
Por eso, agradecer es también un camino espiritual. Nos abre al amor de Dios, a su presencia en lo simple: un amanecer, una amistad, un perdón, una misa, un abrazo, un momento de paz. La gratitud hace que lo ordinario se vuelva extraordinario.
Hermanos, pidámosle hoy al Señor un corazón agradecido. Que podamos reconocer sus dones y compartirlos. Que seamos dirigentes que contagien alegría y esperanza, porque han aprendido a ver la vida como un regalo permanente.
Termino con una invitación:
en estos días de Navidad.
Haz de tu vida una oración de gratitud. Agradece lo que tienes, lo que eres, lo que vives. Agradece lo que entiendes y lo que aún no comprendes. Agradece a Dios, a los demás y hasta a ti mismo por seguir intentándolo. La gratitud es la puerta por la que entra la paz
MCF Rocío Zárate





